Mireia, en los Altos de un lugar llamado Chiapas

30/03/2017

SETEM Euskadi

Alguien una vez, me enseñó que tenemos derecho al delirio. Que tenemos derecho a soñar. Que tenemos derecho a andar de la mano de la utopía. Y de ahí aprendí que tenemos derecho a cambiar. ¿Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible? Así, empezaba Galeano; y de esta manera, me doy el privilegio de continuar. Qué tal si nos imaginamos un mundo donde ser feliz no supusiera un esfuerzo. Un lugar, donde sentirse parte de ese algo, que es un no sé qué, que no se puede explicar. Qué tal si nos sentimos por un momento, en un lugar donde la historia la completan cada uno de los minutos que pasas en ella. Quiero decir, un lugar donde la historia aparte de ser leída y formar parte del pasado, sientas que se escribe y la sientes en el presente entendiendo así que es un proceso constante. Qué tal si nos pensamos entre unas personas, que mágicamente nos dan la llave para empezar a caminar. Caminar, tropezar, empezar, terminar. Mirar, eclipsar (conjuntamente, siempre; como el sol y la luna, como la Tierra, el sol y la luna). Qué tal si de tanto pensar, empezamos a decrecer y a desarrollar emociones, corazones, sensaciones, intimidades, complicidades. Qué tal si rompemos la delgada línea de lo real y lo irreal.

Resulta más complejo de lo que esperaba dibujar y expresar entre palabras la lucha, la resistencia, la alegre rebeldía, el lento pero avanzando de un país, de una sociedad, de un pueblo. Pero sobre todo y ante todo, de unas mujeres dignas de admirar. De unos sueños que merecen ser soñados y de unas historias que merecen ser contadas. Ser testigo entre los Altos de un lugar llamado Chiapas de cómo el sol alumbra y da calor a sus luchas, a sus corazones, a esas personas. Ser cómplice entre las mujeres ancestrales de las comunidades indígenas de los Altos de un lugar llamado Chiapas de cómo sobrevivir, y sobre todo resistir, a los constantes ataques de exterminio natural y personal. Sin duda, y espero que me perdonéis el atrevimiento de hacerlo, no es algo que merezca sólo ser contado. Es algo que merece ser contado, vivido pero sobre y ante todo, recordado.

Resulta más complejo de lo que esperaba emocionarme y desnudarme para agradecer al equipo de personas que me han acompañado, arropado, aguantado, soportado... durante este proceso tan intenso, tan agradable, tan cálido, tan emocionante, tan, tan, tan...tanto. Desde mis compañeras de viaje, cómo a mis compañeras de proceso que también viajaron a Colombia, como al equipo tan magnífico de coordinadoras que tuvimos hasta el conjunto que forman las personas de Setem. Y por supuesto, sin olvidarme de todas las personas que dejé al otro lado del charco que sin duda alguna me siguen acompañando día tras día como el resto de las anteriores compañías. Y que sin duda, valga la redundancia, si algo vinimos a hacer es a cambiar el delito de estupidez que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir no más, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega la/el niña/o sin saber que juega.