Laly

15/03/2017

SETEM Campos de Solidaridad SETEM MCM

Hace más de veinticinco años coincidí en el hospital donde entonces trabajaba con Laura, una compañera también enfermera. Venía de Chiapas, volvió a su casa para recuperar la salud perdida en los dos años que pasó viviendo en esa comunidad. Llegó desnutrida y con problemas metabólicos asociados a la escasa y mala alimentación. Regresó para tranquilizar a su familia. Ella realmente no quería venirse a pesar de las duras condiciones de pobreza en las que se vivía en esa zona. Laura solo pensaba en volver cuanto antes.

Durante el tiempo que pasó con nosotros, nos fue relatando sus interminables jornadas de trabajo, las dificultades a las que se tenían que enfrentarse a diario: enfermedades, falta de medios, injusticias en todos los ámbitos. Nos detallaba su relación con las familias, las mujeres, los niños. Le gustaba contarnos historias y situaciones vividas, quería que fuéramos conscientes de cómo se vive en estos países, de la realidad de esas gentes. Nos hablaba de los sentimientos que le generaba la convivencia con ellos. Admirábamos su altruismo, pero cuando se lo decíamos ella puntualizaba: “me aportan más a mí que yo a ellos. Mi vida allí está llena”.

Nos contó que en una ocasión una familia le regaló el único huevo que habían conseguido en mucho tiempo, en agradecimiento por haberles ayudado en un parto y por estar allí con ellos. Nos confesó que nunca se había sentido tan gratificada como con ese gesto, y que ese huevo le dio sentido a su vida en aquellos momentos. Nos costaba entender sus palabras y sobre todo sus sentimientos. La veíamos tan débil, casi famélica, que no concebíamos que tuviera tantos deseos por regresar cuanto antes a Chiapas. Yo nunca olvidé a Laura, ni la historia del huevo. Desde entonces tuve el deseo de hacer voluntariado.

El año pasado, por fin pude realizar ese deseo. Viajé a Guatemala y conviví con dos familias. Solo estuve tres semanas, tiempo suficiente para experimentar emociones y sentimientos parecidos a las que Laura nos contó. Convivir con ellos te hace consciente de su realidad; desde nuestro mundo es difícil hacerse una idea exacta de cómo se vive allí. Viviendo en sus comunidades conoces realmente sus dificultades y las penurias que soportan para sobrevivir. Tomas medida de la injusticia que sufren. Entiendes y deseas que se revelen ante ellas. También experimenté la alegría y el agradecimiento que te genera su forma de acogerte, de hacerte partícipe de sus vidas, sus problemas, de sus alegrías y sueños. Experimentas satisfacción porque, a pesar de ser un ser un extraño, consiguen que te sientas cercano. Agradecen que queramos ir a conocerlos y compartir aquello que podamos aportarles en cualquier ámbito: salud, educación… A ellos también les gusta conocer cómo vivimos, qué pensamos, en una palabra agradecen el intercambio y convivencia.

Cuando acaba la estancia, vuelves a casa a digerir experiencias vividas. A asentar la amalgama de emociones y sentimientos nuevos. Vuelves a casa a mirar tu mundo y tu realidad desde otro punto de vista, incluso en determinados aspectos, a mirarlo de manera diferente.

Vuelves a casa y sientes la alegría de haber entendido por qué Laura quiso volver a Chiapas.

Laly