Testimonio de Joaquín, voluntario en Honduras en verano de 2015

29/04/2016

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La carretera hasta la escuela de los Patios no era más que un camino de tierra y piedra, como son casi todas las carreteras de Honduras. Viajábamos en una paila, como denominan allí a las camionetas con una caja trasera descubierta para llevar carga, personas o lo que sea menester que tanto abundan en Honduras. Nuestro conductor, un muchacho populorum de la casa de Marcala con apenas unas semanas de licencia de conducir, caló el motor varias veces en las cuestas más empinadas. Pero el día resplandecía, nuestro conductor se fue haciendo con la paila y la escasa velocidad permitía disfrutar del paisaje de la campiña que rodea Marcala, siempre cambiante en sus colinas repletas de cafetales, maizales y arbolado. Un vergel que entusiasma a las personas que hemos nacido en la estepa manchega.


En aproximadamente una hora alcanzamos la escuela de Los Patios. Una sencilla y arreglada construcción con tejado a dos aguas, como de cuento en aquel paisaje. Los niños estaban esperándonos sentados en sus mesitas. Eran tímidos, silenciosos y tranquilos, tan diferentes de los niños que habíamos conocido visitando las escuelas infantiles en algunos de los barrios más duros y marginales  de Tegucigalpa. En las paredes estaban repletas de dibujos infantiles y murales, y no faltaban los juegos y libros en las estanterías.


Los niños estuvieron encantadores. Trabajamos con ellos algunas manualidades con materiales que habíamos traído desde España, como cuentas de pulseras. También dibujamos unas letras en unas cartulinas de colores y las fueron rellenando con bolas de papel y pegatinas. Con ellas formamos una frase de agradecimiento a los padrinos de Madrid y nos hicimos unas fotos para terminar.


El tiempo pasó muy rápido, como casi siempre en Honduras. Nos despedimos de aquellos niños y de sus cuidadoras, de la sencilla y pulcra escuelita. Una gota más, pequeña pero resplandeciente, del maravilloso proyecto en Honduras.